La única forma que tengo de trabajar es la autobiográfica, no tanto en el sentido de contar situaciones, historias concretas que me han sucedido, como de poner en cada proyecto mi estado de ánimo cotidiano. Siempre trabajo desde mi experiencia personal, desde mi vivencia, hacia fuera; reflexionando sobre una problemática conocida, en este caso sobre el significado del amor en las relaciones de pareja, en una determinada edad próxima a la mía.
Para mí, la práctica artística tiene sentido cuando la implicación afectiva, emocional, es directa, y esto se hace tremendamente importante cuando «mi historia» la construyen los relatos de otros. Aquí es donde quizá pueda existir una fractura respecto al carácter documental del trabajo: lo es, puesto que los personajes se representan a sí mismos, pero nunca deja de ser, de alguna manera, una puesta en escena, una ficción controlada a partir de la negociación entre ambas partes, el diálogo establecido con los protagonistas del proyecto y la necesidad de su colaboración más activa. Cuando estoy trabajando me gusta pensar que formamos un buen equipo.
Comencé a hacer el trabajo de campo partiendo de una idea muy general, sin una estructura demasiado cerrada, puesto que el proyecto iría tomando forma a partir de la experiencia compartida con los protagonistas. Es importante saber estar abierta y receptiva a lo inesperado; ésta es una de las características de este tipo de proceso de trabajo, nunca sabes exactamente lo que va a pasar, tienes que estar atenta e ir «entendiendo» el proyecto a tiempo real. Así conocí a Mariona e Isi, a Inés, Leticia, Mari, Eva, María y Stephan, a Carles y Pepa, a Gemma, Nuria, a Dennis y Jonathan, a Katy, Katherine, Mayra, Felipe, Alejandro, Juan y Junior, quienes serían, después, protagonistas del proyecto.
Empecé a hacerme muchas preguntas respecto a la estructura global del vídeo; además, Lovesong se traduce en una continuación de mi primer vídeo, Dulces confidencias, y me parecía necesario, aun manteniendo un aspecto formal muy semejante, encontrar una nueva fórmula de resolución. Entonces organicé una serie de grupos para las entrevistas, de dos a seis personas relacionadas entre sí; quería escaparme un poco del formato más «estándar» de testimonio y me parecía interesante arriesgarme con algo para mí más experimental. Comencé a grabar sus conversaciones sobre el tema a partir de una serie de decisiones formales muy concretas: planos medios cortos, frontales, con cámara fija; así, su identidad estaría despojada de información adicional que no fuera la de sus rostros y sus palabras. Para evitar jerarquías y homogeneizar los distintos planos, hice las grabaciones siempre en las mismas condiciones, en el mismo espacio, mi taller en Hangar, y de la misma forma, a partir de una serie de planos-contraplanos muy desordenados, presentando de forma aislada a los personajes sin referencias de contexto y dando muchísima importancia no sólo a lo que se dice, a lo «significante» –que aparece generalmente en off–, sino también a los momentos de pausa, de escucha, de silencio, a la textura de sus rostros, a sus pequeños gestos y sus miradas, con la intención de «aplanar» emocionalmente las imágenes; desde el punto de vista ético, también buscaba encontrar la distancia justa entre observador y observado. El vídeo se completa con secuencias donde los personajes aparecen contextualizados, con sus compañeros de pareja, y donde utilizo también planos fijos, con encuadres equilibrados, estáticos, que constituyen el marco de actuación de los protagonistas.
Al final, la serie de fotografías tiene en el proyecto un peso diferente al del vídeo; son notas, o apuntes, casi como anécdotas de un proceso de trabajo, que aportan información adicional y en algunos casos resitúan al espectador frente a posibles lecturas. En mi trabajo no me gusta mostrar violentamente las cosas, sino de una forma soterrada; de ahí que nunca pasen o se cuenten grandes hechos, que nunca sea nada demasiado significativo a nivel dramático, es decir, que no haya momentos «fuertes»; me gusta que el conflicto, si lo hay, quede detrás, algo oculto, descargado de su peso, que no sea evidente, que aparezca casi inadvertidamente. En este proyecto, mi intención es la de delimitar y observar una problemática a un primer nivel puramente emocional y totalmente cotidiano, sin proponer en ningún caso soluciones, trabajando desde lo sencillo y necesario y resolviendo los problemas de la forma más depurada y sincera posible.