[Gen.2004]

Macías Cova

(Oviedo, 1976)

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Actualmente es artista residente en Hangar, Barcelona. Es técnico superior en Fotografía Artística, Escuela de Arte de Oviedo. Desde 1998 ha realizado diversos talleres y seminarios en torno a la imagen fija y la imagen en movimiento, las nuevas tecnologías y el espacio público. Desde que en el año 2002 recibe un premio de Arte Público en Gijón por el proyecto en vídeo Dulces confidencias comienza a realizar un trabajo más marcadamente documental y social, utilizando como soporte el medio audiovisual y fotográfico para ir elaborando un discurso en el que analiza la búsqueda y construcción de la identidad en edades conflictivas como son la adolescencia y la juventud, reflexionando de esta forma sobre la representación que hacen de sí mismos los propios protagonistas frente a la cámara, marcada por los factores externos de un contexto determinado. Desarrolla siempre sus trabajos desde la más estrecha colaboración con los protagonistas, tomando una posición ética definida y una distancia que hace pensar en una aparente objetividad, e intentando explorar y visibilizar los acontecimientos «superfluos», tenues o sin peso dramático aparente que inundan el entorno de lo cotidiano. 

 

Ha participado en programas de vídeo como La Terraza de la Casa de América, Madrid (2002); Adolescentes, en el MNCARS, Madrid (2003), y Museo Marco, Vigo (2003); II Mostra de Cinema e Video de Espanha, Instituto Cervantes, Lisboa, y Loop’00, Barcelona (2003). Así mismo, ha mostrado su trabajo en proyectos de exposición colectivos como Love me tender. Quiero llorar porque me da la gana, Instituto de la Juventud, Madrid (2001); Edad perversa, galería Horrach Moyà, Palma de Mallorca (2003); Conflicto, Pluralismo, Comunidad, Sala Rekalde, Bilbao (2004); 00:01 Visiones de videoarte, Centro de Historia de Zaragoza (2004); Fata Morgana, galería Jorge Alcolea, Madrid (2004). Como exposición individual hay que reseñar Después del trabajo, celebrada en el Espacio Astragal, Instituto de la Juventud, Gijón (2002). Ha participado en el proyecto Processos Oberts, Tarrassa (2004). 

Lovesong

2004

Vídeo monocanal 

23’59’’ 

Imágenes edición Generación 2004 ©Tomás Antelo 

Imágenes exposición Veinticuatro años y un día ©Maru Serrano/La Casa Encendida 2025 

 

 

La única forma que tengo de trabajar es la autobiográfica, no tanto en el sentido de contar situaciones, historias concretas que me han sucedido, como de poner en cada proyecto mi estado de ánimo cotidiano. Siempre trabajo desde mi experiencia personal, desde mi vivencia, hacia fuera; reflexionando sobre una problemática conocida, en este caso sobre el significado del amor en las relaciones de pareja, en una determinada edad próxima a la mía. 

Para mí, la práctica artística tiene sentido cuando la implicación afectiva, emocional, es directa, y esto se hace tremendamente importante cuando «mi historia» la construyen los relatos de otros. Aquí es donde quizá pueda existir una fractura respecto al carácter documental del trabajo: lo es, puesto que los personajes se representan a sí mismos, pero nunca deja de ser, de alguna manera, una puesta en escena, una ficción controlada a partir de la negociación entre ambas partes, el diálogo establecido con los protagonistas del proyecto y la necesidad de su colaboración más activa. Cuando estoy trabajando me gusta pensar que formamos un buen equipo. 

Comencé a hacer el trabajo de campo partiendo de una idea muy general, sin una estructura demasiado cerrada, puesto que el proyecto iría tomando forma a partir de la experiencia compartida con los protagonistas. Es importante saber estar abierta y receptiva a lo inesperado; ésta es una de las características de este tipo de proceso de trabajo, nunca sabes exactamente lo que va a pasar, tienes que estar atenta e ir «entendiendo» el proyecto a tiempo real. Así conocí a Mariona e Isi, a Inés, Leticia, Mari, Eva, María y Stephan, a Carles y Pepa, a Gemma, Nuria, a Dennis y Jonathan, a Katy, Katherine, Mayra, Felipe, Alejandro, Juan y Junior, quienes serían, después, protagonistas del proyecto. 

Empecé a hacerme muchas preguntas respecto a la estructura global del vídeo; además, Lovesong se traduce en una continuación de mi primer vídeo, Dulces confidencias, y me parecía necesario, aun manteniendo un aspecto formal muy semejante, encontrar una nueva fórmula de resolución. Entonces organicé una serie de grupos para las entrevistas, de dos a seis personas relacionadas entre sí; quería escaparme un poco del formato más «estándar» de testimonio y me parecía interesante arriesgarme con algo para mí más experimental. Comencé a grabar sus conversaciones sobre el tema a partir de una serie de decisiones formales muy concretas: planos medios cortos, frontales, con cámara fija; así, su identidad estaría despojada de información adicional que no fuera la de sus rostros y sus palabras. Para evitar jerarquías y homogeneizar los distintos planos, hice las grabaciones siempre en las mismas condiciones, en el mismo espacio, mi taller en Hangar, y de la misma forma, a partir de una serie de planos-contraplanos muy desordenados, presentando de forma aislada a los personajes sin referencias de contexto y dando muchísima importancia no sólo a lo que se dice, a lo «significante» –que aparece generalmente en off–, sino también a los momentos de pausa, de escucha, de silencio, a la textura de sus rostros, a sus pequeños gestos y sus miradas, con la intención de «aplanar» emocionalmente las imágenes; desde el punto de vista ético, también buscaba encontrar la distancia justa entre observador y observado. El vídeo se completa con secuencias donde los personajes aparecen contextualizados, con sus compañeros de pareja, y donde utilizo también planos fijos, con encuadres equilibrados, estáticos, que constituyen el marco de actuación de los protagonistas.

Al final, la serie de fotografías tiene en el proyecto un peso diferente al del vídeo; son notas, o apuntes, casi como anécdotas de un proceso de trabajo, que aportan información adicional y en algunos casos resitúan al espectador frente a posibles lecturas. En mi trabajo no me gusta mostrar violentamente las cosas, sino de una forma soterrada; de ahí que nunca pasen o se cuenten grandes hechos, que nunca sea nada demasiado significativo a nivel dramático, es decir, que no haya momentos «fuertes»; me gusta que el conflicto, si lo hay, quede detrás, algo oculto, descargado de su peso, que no sea evidente, que aparezca casi inadvertidamente. En este proyecto, mi intención es la de delimitar y observar una problemática a un primer nivel puramente emocional y totalmente cotidiano, sin proponer en ningún caso soluciones, trabajando desde lo sencillo y necesario y resolviendo los problemas de la forma más depurada y sincera posible.