Somos políticos lo queramos o no. El problema está en cómo ser esquivos, en cómo asegurar un margen crítico y comprometido para el arte que no se vea envuelto y absorbido por los argumentos institucionales, de poder o de lo políticamente correcto. Cómo mostrar nuestro extrañamiento del mundo. Un mundo que nos es extraño más que nada porque lo construimos como una barrera en la que quedar a recaudo, como un muro de flores.
En la vídeo-proyección de Javier Peñáfiel “Maltrato” un muro de flores, un panel de belleza sin fisuras, sin connotaciones, poco a poco, es disparado. En cada tiro los pétalos salen volando, son perforados o quedan empotrados contra una plancha metálica.
La belleza es la parte visible de todo aquello que atañe a nuestras aspiraciones personales, es el símbolo de la confianza que depositamos en los proyectos estéticos, en la cultura; es la tapa que construimos sobre nuestro estar en el mundo. Y, sin embargo, es sometida a un maltrato constante.
El trabajo presentado es perverso porque no hay crítica en ese maltrato, sin un cierto regocijo cínico que se ceba en él, utilizando como arma principal el sentido del humor. Reclama una lentitud frente a la velocidad de las imágenes, una cierta detención en el tiempo y en su misma crueldad ofrece una imagen de belleza: los pétalos volando lentamente, empotrados contra el muro, el balín perfecto… El panel de flores pone en marcha una metáfora directa que usa la misma trampa de la belleza en la que nos gusta creer, que entra visual y visceralmente, para mostrarnos el mundo en el que nos gustaría vivir, no una crítica explícita a la realidad en que vivimos, sino el mundo que ya habitamos, que cada día construimos y que de manera cínica nos gusta maltratar.
[David G. Torres, “Salir a la calle y reírse al azar”]