Una imagen puede mostrar que los nuevos usos terminan por modificar los paisajes de lo cotidiano: suena un teléfono en un autobús e inmediatamente la mayoría de los pasajeros reaccionan con un gesto inconsciente con el que comprueban que el aparato no es el suyo.
Es obvio, en este sentido, que nos encontramos ante una escena que no habría podido pintar Goya, pero tampoco Warhol. Representar situaciones exclusivas de nuestro momento histórico es una forma de intentar comprender algo que, en demasiadas ocasiones, nos coloca en un territorio próximo al absurdo. Es como curar una herida demasiado reciente como para saber exactamente el modo en que se provocó, aunque su presencia exige algún tipo de medida. Detrás de esta voluntad está la convicción de que ignorando las nuevas dependencias que acarrea la tecnología hacemos un pobre favor a la construcción del ser humano contemporáneo.