…un rótulo luminoso alzaba espantos ante mí…
Después del sorprendente éxito de La dolce vita (1960), los enemigos de Fellini, como él mismo declaró, “estaban al acecho, y los amigos esperaban de mí grandes cosas”. La presión por parte del público, los críticos y el productor le paralizó y le bloqueó, pero una artimaña le devolvió su antigua creatividad: convirtió su propia crisis en el tema de la película y convirtió a Guido, que al principio tenía que ser un arquitecto, un profesor o un actor, en un director que había perdido el afecto por la película que iba a rodar.
Nils Meyer, Cine de los 60
Cabrón con suerte es un proyecto tuerto respecto a lo que podría haber llegado a ser. Realicé una memoria bastante sincera, titulada Los 26 errores, para explicar mi periodo como becario. Me interesaba dar protagonismo a los errores por su carácter de trastienda, de cara B, por lo heroico de mostrar las no-proezas frente a la cara feliz de un objetivo cumplido y principalmente porque, si no hubiera escrito ese texto, sabría que no estaría diciendo toda la verdad.
Tenía intención de luchar hasta final por ese escrito, convencido de que en él estaban las verdaderas claves para hacerlo menos insultante y satírico de lo que su lema pronuncia y más justificable de lo que, en un principio, pudiera parecer. Pero ahora, después de ver las piezas finalmente realizadas en una nave de Getafe, me di cuenta de que no estaba convencido de mostrarlo. Había realizado modificaciones y retoques, primero leves y luego brutales, para conseguir encajarlo en un máximo de 5.000 caracteres con espacios y aligerar la carga entre ácida y pesimista que desprendía, llegando a convertirlo en Los 18 errores, pero no tenía nada que ver con la realidad.
Estoy convencido de que, hasta que no acabe el texto, no se acabará el proyecto, porque he llegado a un punto en el cual casi me preocupan más las palabras que puedan hablar de las piezas que las piezas en sí mismas. Y es que puede llegar incluso a crearse cierta idea errónea de las obras por culpa de una mala escritura.
Recapacité en su momento y recapacito ahora sobre Los 26 errores; antes creía que no se podían comprender las obras sin su lectura, a modo de making of, y ahora pienso que, rindiéndole homenaje al texto, le estoy restando importancia a las obras y rindiéndole tributo, de alguna manera, al texto. En cualquier caso, quiero que sea así.
Madrid, 14 de noviembre de 2006, 01:45 h.