[Gen.2005]

Sergio Belinchón

(Valencia, 1971)

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Tras nacer en la clínica La Cigüeña en un inusitado caluroso mes de diciembre, recibe su primera palmada por parte del doctor que asistió el parto. Este hecho marca definitivamente su carrera como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, que se verá truncada a los seis meses de su comienzo tras un sopor galopante a las puertas del Departamento de Cemento, por lo que decide la vía cómoda y estudia Imagen y Sonido, donde aprende en el bar a cómo ir apañándoselas y aparentar ante la familiar que hace algo de interés. Como el curso dura poco y la vida fluye agradablemente, decide dedicar dos años más a la especialización en el bar de la escuela de fotografía. Allí conocerá a gente de la que ya no se acuerda. 

 

Comienza la objeción de conciencia mientras trabaja sin cobrar en un periódico que acaba por cerrar meses más tarde. Cena a diario en el Burguer King que queda bastante cerca del sitio de pizzas a domicilio donde estuvo trabajando una temporada. Así las cosas, se coge una baja por depresión, que le firma su padre, para irse a París, una ciudad donde las pasará a base de panecillos y camembert, que, aunque suene bohemio, es bastante repetitivo. Allí hace un trabajo con el que logra engañar a un editor para que se lo publique. Se publica. Entonces se va a Roma a seguir tentando, que de eso se trata. En Roma hecha lo que un parto y decide que aquello está bien pero es muy antiguo todo, y se va a Madrid, que siempre fue más moderno. Un año. Y de regreso a la ciudad natal, Valencia, donde ejercerá la prostitución en el mundo laboral para comer un poco mejor. Aunque no tanto. Pasan varias cosas. Ninguna reseñable. 

 

Mientras tanto, sin saber bien cómo, una galería parece que le está moviendo su trabajo. Al darse cuenta de que no, la deja. A todas estas, ya está en Berlín con una beca que le permite conocer que allí se sirven los desayunos hasta las seis de la tarde. Decide establecer su residencia permanente, cada dos semanas más o menos, en esa bendita ciudad, aunque hablan bastante raro. 

 

A todo esto, han ido pasando los años y se encuentra con un exquisito currículum en el que no se ha querido ahondar, galería nueva y sin hijos todavía. 

Berlín: arqueología de una ciudad

2005

Proyecto formado por fotografías (Sin título, serie Berlín, 100 x 150 cm)

Vídeo (duración: a determinar, 1/5) 

Imágenes edición Generación 2005 ©Tomás Antelo 

Imágenes exposición Veinticuatro años y un día ©Maru Serrano/La Casa Encendida 2025 

Hablar de Berlín supone aludir a multitud de contrastes visuales. Su particular fisonomía arquitectónica es el resultado de un debate constante entre el pasado reciente y una particular visión de futuro. Para bien o para mal, la capital alemana fue escenario privilegiado de una serie de acontecimientos históricos que marcaron el progreso del siglo pasado, y cuyos rastros siguen visibles en su particular estructura urbana. Nuevas construcciones como Potsdamer Platz, cuyos rascacielos pueblan la que un día fuera “tierra de nadie” y el itinerario del hoy infame muro comparten espacio con otras estructuras que se desmoronan con sigilo. 

El proyecto que aquí se presenta trata de explorar edificaciones en progresiva decadencia que a menudo pasan desapercibidas pese a encerrar una parte importante de la historia de Berlín. El trabajo pone el acento en varios emplazamientos que, habiendo cumplido funciones relevantes durante el nazismo, la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría, actualmente se encuentran en diferentes grados de abandono –o, cuando menos, en desuso– a la espera de transformación. El declive funcional tras la Caída del Muro, diversas operaciones inmobiliarias o la crisis económica que en los últimos años atraviesa Berlín son factores que influyen directamente en la situación actual de estas construcciones. Se plantea, pues, una suerte de arqueología urbana acercando su imagen presente antes de que desaparezcan o sean transformadas, ya que ofrecen de primera mano datos y restos de hechos decisivos en la historia de la ciudad del siglo XX, para, a partir de ahí, recomponer su pasado histórico y tratar de avanzar futuros proyectos. ¿Cómo eran anteriormente?, ¿qué papel cumplieron en la historia del Berlín del siglo XX?, ¿qué prevé el futuro para encajarlos y dotarlas de función en el contexto del nuevo Berlín? 

Durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, las tropas aliadas bombardearon sistemáticamente la capital alemana, centro del poder del III Reich. En septiembre de 1945, la ciudad fue conquistada gracias a la intervención rusa y el ejército nazi firmó su rendición, poniendo así fin a la contienda. Como consecuencia de la intervención bélica, la ciudad quedó dividida en cuatro áreas de ocupación, cada una de ellas bajo la influencia de las distintas potencias vencedoras: URSS, EE UU, Gran Bretaña y Francia. En 1948, Berlín occidental, ocupado por las tres últimas, se unificó en la República Federal Alemana. Un año más tarde, Berlín oriental, dominada por los soviéticos, replicó con la creación de la República Democrática Alemana y el consiguiente aislamiento estratégico de la zona occidental. El bloqueo fracasó gracias al puente aéreo del aeropuerto de Tempelhof, que mantuvo abiertas las comunicaciones del Berlín occidental con el exterior. En 1961, la RDA inició la construcción del Muro. A partir de este momento, y con la amenaza constante de una guerra nuclear, ambos bloques promovieron una lucha encubierta que se extendió hasta la disolución de la URRS. 

Durante estos hitos que jalonaron el accidentado devenir histórico del siglo pasado, los sucesivos agentes políticos y económicos fueron creando espacios nuevos o usaron algunas de las estructuras existentes readaptándolas a sus necesidades. Son ejemplos paradigmáticos de lugares reocupados durante los distintos regímenes el complejo hospitalario de Beelitz, construido a finales del siglo XVIII y ocupado por los soviéticos, o el centro penitenciario en Rummelsburg, donde la Stasi encarceló a presos políticos. Por otra parte, en consonancia con la ideología dominante, se ejecutaron nuevas construcciones, como es el caso de la ciudad olímpica de Olympischesdorf o el citado aeropuerto de Tempelhof, parte del proyecto hitleriano de Germania, que serían reutilizados posteriormente durante la Guerra Fría. Bajo la ocupación soviética, y como reflejo de los ideales comunistas, se construyó, por ejemplo, el colegio soviético Max Kreuziger, el Palacio de la República –hoy a punto de desaparecer– o la base de espionaje de Teufelsberg, que se convertiría en el mayor centro de espionaje occidental bajo la sombra del Telón de Acero. 

La restricción de espacio en este catálogo ha obligado a centrar la exposición del trabajo en sólo dos de los emplazamientos investigados –marcados en negrita más arriba– para poder aportar una visión más detallada del panorama histórico a través de ambos emplazamientos. Se han escogido el complejo soviético en Karlshorst y la estación de espionaje de Teufelsberg, símbolos respectivos de los dos bloques enfrentados tras la Segunda Guerra Mundial. 

El complejo de Karlshorst, ubicado en el corazón del distrito de Lichtenberg, fue la sede central del poder político y militar de la URSS durante la ocupación soviética en Berlín. En su seno, concretamente en la Zwieseler Strasse, se encontraba lo que había sido una academia militar nacionalsocialista, la Festungspionierschule1, en cuyo casino de los oficiales se firmó la rendición incondicional del ejército alemán la noche del 8 al 9 de mayo de 1945, poniendo fin oficial a la Segunda Guerra Mundial. 

A pesar de los bombardeos masivos sobre Berlín durante la guerra, Karlshorst resultó una de las zonas menos afectadas, por lo que las fuerzas de ocupación rusas decidieron establecer allí su base, aprovechando, además, las instalaciones militares preexistentes. A principios del mes de mayo de 1945, una ley promulgada por el poder soviético ordenó el desalojo inmediato de una extensa área que se extendía hacia el norte de la línea del S bahn y a ambos lados de la Treskower Alle. Al menos ocho mil personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares en un plazo de veinticuatro horas, una repentina expropiación que provocó un elevado número de suicidios. Hasta principios de junio del mismo año, los antiguos propietarios de las casas fueron autorizados puntualmente a volver a ellas para recuperar sus enseres personales, mientras el ejército ruso se desplegaba por la zona, que había sido declarada área de acceso restringido. 

En el complejo de Karlshorst se fue instalando poco a poco una amplia red de entidades y delegaciones dependientes del gobierno de la URSS, entre las que se encontraban, según documentos desclasificados de la CIA, el cuartel general del ejército soviético en Berlín, con su centro de comunicaciones, el cuartel general de la KGB (Comité Soviético para la Seguridad de Estado), parte del servicio de inteligencia militar soviético, delegaciones de la embajada de la Unión Soviética, la delegación de comercio ruso y las oficinas administrativas de una ramificación del Banco Central Ruso (Gosbank). 

Pronto, Karlshorst se convirtió en una auténtica fortaleza autosuficiente, hermética e independiente militar y administrativamente. Tal fue el aislamiento de la zona que los habitantes rusos apenas mantenían contacto con el resto de Berlín Este. Además de viviendas, barracones militares e instalaciones mecánicas, existía en ella toda una infraestructura política y civil: escuelas, centros hospitalarios, un club deportivo, una casa de cultura, centros para el almacenamiento y distribución de material fílmico, la sede del Partido Comunista, organizaciones sindicales y áreas de ocio. 

Muchos de los acontecimientos que marcaron históricamente esos años estuvieron estrechamente relacionados con Karlshorst. Desde allí partieron los tanques soviéticos en dirección Berlín Mitte para sofocar las manifestaciones en contra de la política del gobierno de la RDA del 17 de junio de 1953. También desde allí organizó la KGB las operaciones más importantes de la Guerra Fría. Para el Ministerio de Seguridad Nacional de la RDA, Karlshorst era una de las zonas de seguridad vitales del país, y para las agencias secretas occidentales se convirtió en uno de los objetivos clave. 

Progresivamente, el poder ruso fue traspasando partes del complejo inicial al gobierno de Alemania oriental y en 1963 se redujo considerablemente la extensión del recinto. A partir de que, en 1973, la RDA fuera reconocida oficialmente por la ONU, se establecieron relaciones diplomáticas con países como Egipto, Chile, Irán, Japón, Corea del Norte, Vietnam o Zaire, que ubicaron sus embajadas en Karlshorst. 

En un contexto como el de la Guerra Fría, marcado por la tensión latente producida por la amenaza de ataques nucleares, Karlshorst, el segundo centro de la KGB más importante después del de Moscú, jugó un papel decisivo. En 1950, alrededor de ochenta agencias de espionaje, entre ellas la propia KGB, la CIA, la británica M16 o la alemana del oeste BND, operaban en Berlín. Desde Karlshorst, la KGB intentaba recabar toda la información posible de la parte occidental, sobre todo en lo referente a la OTAN y el desarrollo nuclear. Una de las maniobras de espionaje más importantes llevadas al cabo por la CIA durante la época se conoció como Operation Gold, y consistió en la excavación de un túnel subterráneo que se adentraba en la zona del este, a través del cual los americanos espiaban las comunicaciones de Karlshorst. En la actualidad, algunos restos de este túnel se exhiben en el Allierten Museum, ubicado precisamente en el que fuera el centro de operaciones desde donde la CIA orquestaba estas maniobras secretas hasta que fueron descubiertas por los rusos. 

En 1956, un trabajador de Karlshorst, equipado con una cámara oculta en una fiambrera, logró burlar los sistemas de seguridad del complejo y reunió un extenso archivo fotográfico de más de un millar de agentes de la KGB que proporcionó a la CIA. Los servicios de espionaje americanos lograron también colocar micrófonos en ciertas estancias con la ayuda de empleados del campamento. Estas filtraciones por parte del enemigo fueron descubiertas por la KGB, respondiendo con el despido masivo de sus empleados de la Alemania del Este. 

En septiembre de 1994, los últimos oficiales y soldados abandonaron Karlshorst, iniciándose así la repoblación civil de la zona. En 2003, mil viviendas del área fueron remodeladas para uso particular. De todo el complejo, aparte de las viviendas, hoy en día solamente permanecen activos el edificio central, que albergó en 1945 la ceremonia de la firma de la paz y que en la actualidad es el museo ruso-alemán de Berlín, dos edificios adyacentes en los que se alojan las oficinas comerciales de una compañía de telecomunicaciones y la piscina, el gimnasio y un estadio, que son ahora de acceso público. Gran parte de la infraestructura restante desarrollada por los rusos en Karlshorst ha desaparecido y las estructuras que se conservan presentan un aspecto deteriorado como consecuencia del paso del tiempo y su abandono. Miles de aerosoles se esparcen por el recinto y los graffitis son la decoración particular de los escasos muros que aún se mantienen en pie. Puntualmente, grafiteros de todo el mundo acuden a Karlshorst, convertido en uno de los Hall of Fame del graffiti de la ciudad. En estos días se está construyendo un parque en una de las áreas donde estaban ubicados los barracones militares y se está empezando a urbanizar parte del recinto. 

En respuesta al despliegue militar ruso que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos del bloque occidental pusieron en pie, a su vez, toda una infraestructura de control que tiene su máximo exponente en la actualmente abandonada base de espionaje de Teufelsberg. Conectada por medio de pequeñas carreteras semiescondidas, la antigua plataforma se asienta sobre la montaña que le dio nombre, al oeste de Berlín. 

Desde principios del siglo XX, esta área del distrito de Grünewald, en pleno entorno natural, se convirtió en un habitual itinerario para el paseo y esparcimiento de los vecinos. Durante el régimen nacionalsocialista, se inició en esa ubicación la construcción de la facultad de ingeniería militar de la Universidad de Berlín, cuya primera piedra colocó el propio Hitler en un acto simbólico celebrado en noviembre de 1937. El edificio había sido concebido por el arquitecto Albert Speer como pieza inaugural del citado proyecto urbanístico de Germania, con el objetivo de edificar construcciones de diversa índole que expresaran la grandeza del régimen y que, aun siglos después, incluso en ruinas, debían ser un memorial a la cultura, la ciencia y la fuerza alemanas. Sin embargo, solamente se alcanzó a construir el armazón del primer edificio a causa del estallido de la II Guerra Mundial y la escasez de materiales de construcción derivada del contexto bélico, que obligó a la suspensión de las obras en 1940. 

Una vez finalizada la contienda, las llamadas Trümmerfrauen, o “mujeres de los escombros”, se dedicaron a seleccionar de entre los restos de los más de ocho mil edificios derruidos de Berlín los ladrillos que aún podían resultar útiles para la reconstrucción de la ciudad. Dada la dificultad que entrañaba su demolición, unos veintiséis millones de metros cúbicos de escombros, lo que suponía la mitad de todo el material considerado inservible y desechado, se destinaron a cubrir las ahora repudiadas obras de Speer en Grünewald, que quedaron ocultas bajo la nueva colina de Teufelsberg. En los años cincuenta, esta montaña artificial de 110 metros de altura fue reforestada con más de 180.000 árboles con el objetivo de recuperar el aspecto natural de la zona. 

En el reparto de la capital alemana entre las potencias vencedoras, Teufelsberg quedó bajo dominio británico. Cuando, a raíz del recrudecimiento de las tensiones entre el bloque oriental y el occidental, las acciones de escucha radiofónica y espionaje pasaron a ocupar en ambos bandos un primer plano estratégico, especialistas británicos se percataron de la situación privilegiada para interferir en las comunicaciones e interceptar información que ofrecía la montaña de Teufelsberg, donde pronto fueron instalados los primeros equipos tecnológicos con este fin. En los años sucesivos, con la incorporación de los servicios de inteligencia estadounidenses, la estación denominada Field Station Berlin Teufelsberg pasó a convertirse en la plataforma de espionaje más importante del mundo. 

Dentro del recinto, el sector británico y el americano trabajaban independientemente. Cada uno administraba uno de los dos edificios principales de la estación, mientras que, de las tres torres que formaban el complejo, una pertenecía a los servicios de inteligencia británicos y las otras dos eran gestionadas por los estadounidenses. Excepcionalmente, la cafetería y el aparcamiento eran de uso común, aunque a los empleados no les estaba permitido hablar de su trabajo en estos lugares. 

La tecnología desplegada en la estación de Teufelsberg fue, sin duda, la más moderna e innovadora de su generación en el ámbito del espionaje. Radares y equipos de escucha de máxima potencia y de largo alcance se colocaron por todo el recinto. Se rastreaban retransmisiones de onda corta, por vía satélite y cualquier otro tipo de comunicaciones que permitiesen descubrir planes y tácticas del enemigo. Las operaciones llevadas a cabo en la base de Teufelsberg descubrieron datos referentes al Pacto de Varsovia, maniobras político-militares y diferentes tácticas de ataque y defensa soviéticas, además de permitir desenmascarar a espías infiltrados y traidores. 

El secretismo de las operaciones allí desarrolladas era extremo hasta el punto de que existían zonas restringidas con acceso de sólo dos personas autorizadas. Unas mil quinientas personas llegaron a trabajar simultáneamente en sus instalaciones. Analistas, técnicos, lingüistas e investigadores operaban para registrar y descodificar cada una de las escuchas entre Alemania del Este y Moscú. Las comunicaciones interceptadas eran grabadas y reportadas a la sede de la CIA en Washington. Una vez procesado, el material se destruía meticulosamente. Dos incineradoras trabajaban veinticuatro horas al día en la quema de documentos reservados, asegurando así la desaparición de cualquier huella que pudiera abortar las operaciones y estrategias del bloque occidental. 

Con el fin de la Guerra Fría se decidió el cierre de la planta, y la sofisticada infraestructura tecnológica y los puntos de transmisión de los servicios de inteligencia británicos y americanos fueron desmantelados y sacados de las instalaciones. Solamente la antena de transmisión británica y los edificios, que habían sido pagados por el gobierno federal de Alemania, permanecieron en la antigua base. 

En 1996, la ciudad de Berlín vendió la extensión de 34.500 metros cuadrados que ocupaba el recinto a un grupo de inversores de Colonia a cambio de 5,2 millones de marcos (2,6 millones de euros). La inversión privada propuso la construcción de un complejo urbanístico de alto nivel y con vistas privilegiadas desde lo alto de la montaña. La futura urbanización iba a estar formada por apartamentos, un hotel de lujo y un museo del espionaje que documentase la historia del lugar. Estaba previsto también reconstruir el antiguo restaurante y algunas zonas de ocio, manteniendo la estructura inicial de las torres y el exterior de los edificios principales. A finales de los noventa se concedió al grupo un permiso de construcción. Se construyó un piso piloto para dar muestra del aspecto que tendrían las futuras viviendas, pero finalmente, por diversos motivos, la iniciativa no prosperó y el permiso sería anulado posteriormente por el Senado de Berlín. 

En la actualidad, a pesar de que el lugar permanece cerrado y vigilado, el aspecto de las instalaciones es de completo abandono. Los restos del intento por convertir uno de los edificios centrales en viviendas de lujo se entrevén entre los destrozos provocados por las incursiones en el recinto. El vandalismo y el tiempo de espera se ocupan de proporcionarle el aspecto decadente que presenta en la actualidad. Las estructuras y torres de control se aprecian en su total dimensión, tal y como eran cuando la planta estaba en activo, pero los interiores se encuentran completamente arrasados. Sin embargo, el espacio no deja de resultar atractivo. Ha sido, por ejemplo, el lugar para la celebración de varias fiestas ilegales, y su especial arquitectura e historia han inspirado a los creadores del videojuego Metal Gear Solid 3, que, además de introducir dicho espacio como escenario del juego, presentaron éste en marzo de 2005 en el interior de una de las torres centrales de Teufelsberg, como parte de la campaña de promoción y publicidad del producto. 

Actualmente, un estricto control y vigilancia sobre el acceso al recinto, tras haber pasado un tiempo completamente abandonado, es la situación que domina en la peculiar base de espionaje, que permanece sin futuro definido.