[Gen.2020]

Miguel Marina

(Madrid, 1989)

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Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid en 2013, Miguel Marina completó su formación en 2010 en La Accademia di Belle Arti de Bolonia. Marina ha realizado residencias en BilbaoArte (2019), la Academia de España en Roma (2017 y 2018), el Piramidón Centre d’Art Contemporani de Barcelona (2016 y 2017) y la Casa de Velázquez de Madrid (2013). De manera individual, ha expuesto obra en las galerías Nordés de Santiago de Compostela (Arcetri, 2018), etHALL de Barcelona (echarse a perder, echarse a dormir, 2018) y Combustión Espontánea (Una suerte no intencionada, 2017) y The Goma (Y así pasen los días, 2019), ambas en Madrid. Entre otras exposiciones colectivas, ha participado en Durante la construcción de la muralla china (Galería Luis Adelantado, Valencia, 2019), Abundó en felices curiosidades (Espacio Valverde, Madrid, 2019) y Manuel Eirís / Miguel Marina (Fundación DIDAC, Santiago de Compostela, 2018).

Celada

2020

Óleo sobre papel, fieltro y lentejas
Óleo 130 x 89 cm.; fieltro 91×57,5cm. y mosaico 20 x 15 cm.

Imágenes edición Generación 2020 ©Manuel Blanco/La Casa Encendida 2020

Imágenes exposición Veinticuatro años y un día ©Maru Serrano/La Casa Encendida 2025   

Siguiendo la línea de investigación y formalización de anteriores proyectos de Miguel Marina, éste radica en una búsqueda de elementos del paisaje que enlazan con el individuo, la historia y el territorio. Todos ellos van configurando un modo de hacer centrado en el interés por el traslado de información a los objetos y la definición de éstos como elementos fundamentales de una narración.

Celada gira en torno a la idea de atrapar y recoger. El proyecto muestra así una serie de piezas que contienen trazas de los lugares que el artista ha ido explorando y cosas que le han pasado, que trata de mostrar y atrapar en el presente, hilando un escenario donde plantea una lectura transversal de lo vernáculo, el hacer y la identidad subjetiva e intangible del paisaje, sea cual sea éste.

Partiendo de esta idea, la instalación muestra uno de esos manteles de papel típicos de comidas al aire libre o picnics de verano, donde la acción de la comida y la sobremesa se alarga dejando plasmada su huella como manchas de grasa, bebida y restos de comida. Así, la superficie de papel se convierte en el testigo principal de la acción y las manchas de aceite, de alimentos y de bebida, o esas pequeñas esculturas improvisadas de miga de pan, nos trasladan a ese tiempo lúdico de ensoñación que mencionaba Ángel González en su texto Pintar sin tener ni idea (Madrid, Ediciones Asimétricas, 2007). El artista utiliza materiales, objetos y restos de alimentos, de tal manera que las cáscaras secas, blancas y naranjas de una mandarina recortada configuran el resultado de un juego de composición improvisada de cara y/o cruz.