Siguiendo la línea de investigación y formalización de anteriores proyectos de Miguel Marina, éste radica en una búsqueda de elementos del paisaje que enlazan con el individuo, la historia y el territorio. Todos ellos van configurando un modo de hacer centrado en el interés por el traslado de información a los objetos y la definición de éstos como elementos fundamentales de una narración.
Celada gira en torno a la idea de atrapar y recoger. El proyecto muestra así una serie de piezas que contienen trazas de los lugares que el artista ha ido explorando y cosas que le han pasado, que trata de mostrar y atrapar en el presente, hilando un escenario donde plantea una lectura transversal de lo vernáculo, el hacer y la identidad subjetiva e intangible del paisaje, sea cual sea éste.
Partiendo de esta idea, la instalación muestra uno de esos manteles de papel típicos de comidas al aire libre o picnics de verano, donde la acción de la comida y la sobremesa se alarga dejando plasmada su huella como manchas de grasa, bebida y restos de comida. Así, la superficie de papel se convierte en el testigo principal de la acción y las manchas de aceite, de alimentos y de bebida, o esas pequeñas esculturas improvisadas de miga de pan, nos trasladan a ese tiempo lúdico de ensoñación que mencionaba Ángel González en su texto Pintar sin tener ni idea (Madrid, Ediciones Asimétricas, 2007). El artista utiliza materiales, objetos y restos de alimentos, de tal manera que las cáscaras secas, blancas y naranjas de una mandarina recortada configuran el resultado de un juego de composición improvisada de cara y/o cruz.