[Gen.2014]

Leonor Serrano Rivas

(Málaga, 1986)

[+ info]

Vive y trabaja entre Londres y Madrid 

 

Arquitecta por la Escuela de Arquitectura y licenciada en Bellas Artes por la Facultad de Arte y Comunicación de la Universidad Europea de Madrid, está cursando su primer año de MFA Fine Arts, Goldsmiths, Londres. Ha trabajado y expuesto en contextos como Tabacalera / Injuve (Madrid), Sala de Arte Joven (Madrid), LAB Laboratorio de Arte Joven (Murcia), Sant Andreu Contemporani (Barcelona), Can Felipa (Barcelona), CAC Málaga, COAM (Madrid), Galería Mutante (Valencia), Museo ABC (Madrid), Galería Rotor (Gotemburgo, Suecia), La Casa Encendida (Madrid) o la XI Bienal de Arquitectura de Venecia. Actualmente prepara su segunda exposición individual en la Sala Muncunill (Tarrasa, Barcelona). 

 

Además de su actividad como arquitecta y artista, ha realizado el proyecto específico Licencias en Espacio Trapézio (Madrid), una exposición coral que explora el espacio y su contexto a partir de la normativa. El proyecto cuenta con una publicación específica. 

Colección pública (Bien de Interés Cultural)

2013

Fotografía impresa sobre tela sobre soporte de pantalla de proyección y proyección sobre muro 

Dimensiones variables (Pantalla 150 x 30 cm aprox.) 

Imágenes edición de Generación 2014, ©Manuel Blanco/La Casa Encendida, 2014 

Imágenes exposición Veinticuatro años y un día ©Maru Serrano/La Casa Encendida 2025 

A veces en el desierto.

-Beatriz Alonso  

 

“Rechazo totalmente las historias porque para mí solo representan mentiras, nada más que mentiras, y la mayor mentira reside en que crean un contexto donde no lo hay. Pero, por otra parte, tenemos tanta necesidad de todas esas mentiras que es totalmente absurdo ir en contra y componer una serie de imágenes sin mentira, sin las mentiras de una historia. Las historias son imposibles, pero sin ellas no nos sería posible vivir. […] Y ese es el lío.» 

Wim Wenders 

 

«Poner a cubierto todas las imágenes del lenguaje y utilizarlas, pues están en el desierto. adonde hay que ir a buscarlas.» 

Jean Genet 

 

Vemos una secuencia que se detiene en algún momento de la historia; una porción de espacio y tiempo suspendidos cuyas coordenadas exactas poco importan en este caso. Como en los sueños, las atmósferas familiares y aquellas desconocidas se mezclan en una maravillosa contradicción que permite escapar de las rutinas, agitando los cimientos de lo cierto. Puede que sea un anhelo de lo vivido —o de lo que está por venir, o una escapada necesaria hacia un estado marginal de la consciencia donde se multipliquen los desenlaces posibles. 

No muy distintos son los viajes en dos direcciones que nos provocan las experiencias surgidas de nuestro contacto casi permanente con el cine. Las vivencias personales condicionan las emociones y reflexiones que nos suscita, al tiempo que sus imágenes, diálogos y melodías conviven con el resto de recuerdos dispersos en el archivo de la memoria. Esta gran influencia en los imaginarios individuales y comunes ha posibilitado, sobre todo en las últimas décadas, un acercamiento al mundo más imaginativo y libre a través del cine, dejando que otras subjetividades pudieran verse reflejadas en esos contextos inventados a los que se refiere Wim Wenders. Sin embargo, estos relatos fragmentados han tenido que librar una ardua batalla en medio de la producción cinematográfica hegemónica, de la que se ha apropiado el poder para modelar a capricho las estructuras sociales e ideológicas. Su proyección casi epidémica ha hecho asimismo del cine una de las herramientas más eficaces del siglo XX en la construcción y difusión de la historia oficial, la configuración de los entornos cotidianos y la delimitación de los comportamientos esperados en sus márgenes. 

Incorporando el cine a su trabajo, Leonor Serrano Rivas equipara y subvierte ficciones, apropiándose de ellas para evidenciar como los sistemas que actualmente rigen y ordenan nuestros espacios compartidos son producto de los mismos principios de autoridad que consolidaron las grandes narrativas modernas. Y lo hace partiendo de uno de los medios más utilizados históricamente por el poder para la sustentación y ostentación de sus ideales: las colecciones artísticas estatales. Al contrario de lo que sucede con la mayoría de estas, que a día de hoy siguen postergando la revisión y actualización de sus discursos, en Colección pública la artista nos propone un proceso de composición fragmentario y subjetivo más acorde con el momento presente. Una nueva forma de coleccionar que no se interesa tanto por la acumulación de objetos como por las múltiples historias discontinuas que pueden desatarse a partir del reconocimiento de una instantánea cotidiana. 

Para ello, captura algunos de los parajes suburbanos deshabitados en los que nada parece acontecer y los acompaña de extractos fílmicos descontextualizados. Uniéndolos, genera composiciones imposibles en las que el primer plano ya no lo ocupan las grandes estrellas o los guiones impuestos, sino los recuerdos que, a través de sus localizaciones y sonidos de fondo, somos capaces de recomponer. Así, convierte el extrarradio en una metáfora de las atmósferas míticas creadas por el cine; esas construcciones mentales que hemos recorrido una y otra vez, y que ya son parte indisoluble de nuestro imaginario cultural compartido. Su pertenencia a lo colectivo es imprescindible desde un punto de vista legislativo para, tal y como nos propone la artista, declarar como Bienes de Interés Cultural (BIC) algunos de sus elementos más anodinos. Mediante este procedimiento, el mismo aire se convierte en protagonista de una periférica que, al no hacerse explícita, nos traslada a cualquiera de los entramados arquitectónicos que se intercalan día a día en nuestra existencia. Se apela así a una relación más creativa con los aspectos menos visibles de nuestra cotidianidad y se resignifica el patrimonio de lo común que debe acoger una colección pública. 

No existe ninguna certeza sobre la procedencia de estos escenarios fantasmagóricos, ni sobre la trama que albergan y, sin embargo, somos capaces de reconocer en ellos la decadencia de una época. Son símbolos de lugares (des)conocidos que representan la pérdida y el vacío por los que atraviesa una sociedad que necesita ser contestada por esta generación y las venideras. Sin duda, el principal reto de estas residirá en rebelarse contra una organización patriarcal que, pese a asistir al derrumbe de sus estratos fundacionales, sigue intentando aferrarse a verdades que nunca lo fueron. Leonor Serrano Rivas nos propone aprovechar esas verdades a medias para inventarnos otras, dejando que explosione la habitabilidad de estos nuevos barrios en los que la ruina no procede del derribo, sino de las cenizas de un modelo que agoniza. Al fin y al cabo, será responsabilidad de los ciudadanos devolver la vida a estos desiertos en los que a veces también es posible encontrar las imágenes, las conexiones mentales, las idas y venidas, y los pensamientos.