Maquinaria de composición lúdica gimnástica.
-Roberto Salas
Una explosión, silenciosa y cuidadosamente coreografiada, diseminó sus componentes, mezclándose con cosas alrededor, elementos ajenos que flotaban en el espacio entre los márgenes. Y así quedaron, a pocos centímetros de su punto de partida, inmóviles, en una formación aerostática cuya imagen frontal parecía la de un prototipo imposible.
El estallido ocurre como un juego en el que las piezas, una vez colocadas, no se alejan del ojo ni abandonan el eje invisible que marca la salida, a una velocidad proporcional a su peso y su volumen, como cabría esperar. Quedan a merced del estatismo y la nitidez. El operador es incapaz de manipularlas; al intentar ver el reverso, se da con la superficie plana del muro; es la carencia de corporeidad unida al dominio del campo de fuerza.
El resultado se articula en nuestra mente, no en lo que vemos, como en los procesos lingüísticos. Imaginamos un aparato sospechosamente bello, un intruso en potencia, un sujeto incómodo. Una rara sensación aflora al contemplar (los ojos punzantes, la boca semiabierta) la decoración minuciosa de estas filigranas observadas bajo una inquietud perturbadora. Poco a poco entramos en La tapadera: los detalles no son más que un escudo, una medida preventiva para deleitarse sin permiso en la creación de un lenguaje propio, lúdico a la vez que peligroso, porque atenta contra los niveles básicos de la norma y la representación, la síntesis y el esquema.
No hay estratagemas de impostura en este proceso de producción/reproducción; no hay ficción, ni ambigüedad, aunque lo parezca. No es pasado ni futuro; aquí es oportuno aclarar que lo que vemos es algo presente y sincrónico, y real en lo suyo, no un diseño utópico ni una hipótesis. Planos, esquemas, inmediatos y meditados en transformaciones no aleatorias, ni radicales. Son ideas plasmadas que vienen a convivir con el resto del stock previamente etiquetado en nuestro archivo mental, sorteando la amenaza de la taxonomía y trabajando en sus lindes con un método abierto al juego de idear, de maquinar (en el sentido literal de la palabra) estos aparatos y, por supuesto, nombrarlos.
Un ejercicio gramatical estético con resultado novedoso a partir de los mecanismos de composición por sinapsis, disyunción, contraposición o yuxtaposición. En la cadena de montaje de Elena Alonso los procedimientos son, ni más ni menos, los que se utilizan para la creación de neologismos, es decir, ideas nuevas, que, en este caso, no pretenden incorporarse al sistema, sino alterarlo.
Las técnicas, ideas e instrumentos experimentan una transformación plástica, contradictoria en cierto modo, en la que a la vez se utiliza el código y hay una subversión contra él: se reconoce la norma y se transgrede, se crean nuevos elementos de acuerdo a unas reglas, pero esa creatividad cambia las propias reglas.
La construcción sináptica es una solución fija, normalmente lexicalizada, es decir, los elementos y su orden quedan consolidados, aunque previsiblemente alterables. Por eso no es raro que los títulos de estas obras sigan punto por punto ese procedimiento sintáctico propio de los lenguajes científicos y técnicos, tan poco frecuente en la lengua usual.
El ejercicio es en su totalidad un reto de superación; potencia y ejercita la gimnasia mental, y agota, hace sudar antes de realizarlo.
El gimnasio catalogado, perfectamente etiquetado, diseccionado y recompuesto artesanalmente. Parece un acto de creación en el que se especula sobre el material, la técnica, su imagen y su representación. También sobre el nombre o la función que le asignamos a cada cosa. Pero ¿qué más da el nombre que reciba tal o cual objeto, espacio o circunstancia?; siempre será una convención, un signo lingüístico creado con dudosas motivaciones. Y así hasta cansarnos, ¿qué más da cierta reproducción del objeto, un procedimiento tramposo, deudor del sueño de la perfección catalogada? El lápiz de Elena Alonso deja entrever los defectos y vicios en una representación sintética que nunca llegará a serlo, por su intrínseca calidad manual.
Como venimos adivinando, esta obsesión por desengranar nuevos modelos de flexión es profundamente perversa, “corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas». Definición que puede aplicarse lo mismo a un trabalenguas que a un manual de gramática o a las reglas de un entretenimiento mecanizado. Si de por sí es perverso, ¿qué hacer con este lenguaje que no sea obedecerlo? Podemos ir olvidándonos de las apariencias de significado, porque, bajo La tapadera, ni siquiera los aparatos de sus instalaciones, con su centro de gravedad intacto, pueden dejar de lado la maravillosa intención de componer y recomponer el paradigma, ese lúdico ejercicio.