Canción de la armonía y del mundo
El trabajo de vídeo que presentamos en esta exposición es un vídeo musical. Las líneas maestras del proyecto no han variado respecto a las que definimos en el texto del catálogo de Generación 2004, que podríamos resumir como un intento de utilizar las herramientas audiovisuales para hacer un videoclip otro. Al hilo de esta intención, nos parece pertinente reflexionar brevemente acerca de las confusas relaciones entre las prácticas artísticas y la cultura mediática, de las distintas connotaciones de unas y otras formas. No pretende ser éste un texto de exclusiva recepción metaartística, toda vez que un correcto entendimiento del trabajo artístico revertiría en sus manifestaciones, y por tanto en las actitudes en sociedad y en la creación de posibles.
La confusión política e ideológica de este momento de la historia se reproduce en una cultura mediática confusa, donde determinados elementos tomados del gran anaquel en el que la posmodernidad convirtió nuestros logros culturales son cortados, pegados y montados ofreciendo determinado tipo de imágenes a la experiencia humana. Como rasgo común, estas imágenes trabajan con nuestro deseo infinitamente postergado, con la inmediatez y las carencias emocionales del consumidor occidental. Si se tenía alguna esperanza en que la educación plástica y visual, asignatura que en algún momento se consideró que tenía que formar parte del currículo básico de formación del ciudadano, podía ser carta de navegación indispensable dado este contexto, aterra comprobar que los que la ejercen profesionalmente no sabrían ni decir por qué un bello anuncio de coches no es un trabajo artístico.
Los artistas quieren ser artistas más que entender desde la recepción en qué consiste la producción artística, y dan por supuesto la institución arte como lugar de afirmación del estado de cosas, de escapismo superficial, de progresía limitadora y entrega burguesa a un mundo injusto pero en el que nosotros, al menos, tenemos calefacción y cámaras digitales. El ser humano es simbólico por definición, y está necesitado de sueños, de poesía. No es solución a la complejidad de la realidad humana simplificarnos en sujetos deseantes en el celo del consumo, prendados de estrellas mediáticas que deben acabar agotadas por esta constante seducción(1). La producción astuta se viste de falsa complejidad, se deja confundir dentro del entramado mediático con el burdo y evidente fin de la búsqueda sociológica de la fama, e implica una mecanización de las formas artísticas sutilmente impuesta por el mercado y el reconocimiento de campo. No podemos dejar de apuntar que no nos parecen independientes estos comportamientos de la situación de precariedad del medio (artistas, críticos, educadores) y de un miedo tribal al rechazo del grupo.
¿Habría una astucia y una seducción lícitas en la producción artística? A Menke(2), en su relectura de Adorno y Derrida, debemos la definición de experiencia estética que no nos cansamos de repetir porque define un territorio específico muy claro de actuación de lo artístico. La experiencia estética se define como quiebra en la comprensión automática de los signos. Esta quiebra no daría lugar a un rosario de experiencias epatantes, sino que cada experiencia estética abundaría en dar lugar a un sujeto que aplicase una actitud estética de recepción activa y crítica de su realidad.
Por astucia entenderíamos dibujar un territorio en el que, apoyándose en la autonomía del arte, los trabajos artísticos desarrollasen el potencial que poseen para hablar desde las abundantes fisuras de nuestra realidad. El arte sería lugar de otredad, de cuestionamiento, el paso atrás de distancia para ampliar la perspectiva, dado que el fin último de sus trabajos es cultivar la actitud estética en los sujetos. No puede haber nada más subversivo.
Por seducción nos atendríamos a la forma poética, en el sentido de la necesidad humana de símbolos complejos. Pese a que a las grandes masas sociales no les ha quedado más remedio que paliar el malestar que sienten asiéndose a las certezas proporcionadas por titulares de prensa y viriles caudillos, ese malestar sigue ahí porque es del que se nutre el control en sus diversas formas(3). El arte habla a ese malestar al oído, desde dentro, sinceramente, y proporciona una experiencia que no comercia con el desasosiego permanente ni con el anhelo de sujetos en soledad, sino que integra vivencias abiertas en una estructura que se piensa constantemente. Un verdadero arte público que se recibe desde sueños privados.
La primera tarea del productor es, por tanto, una obligada recepción consciente, para desde ahí generar formas capaces de construir los lectores propios a la obra como se dijera de Samuel Beckett(4), aquel que trató hasta el final de encontrar la palabra para afrontar emancipadamente todo este esto aquí y hacerlo otro.
(1) Santos Sanz Villanueva, “Tres cuestiones a Belén Gopegui”, El Cultural, 9 de septiembre de 2004.
(2) Christoph Menke, La soberanía del arte, Madrid, Visor, 1997.
(3) Para un más extenso desarrollo de esta idea sobre el equilibrio entre certezas impuestas o crisis elegida, ver nuestro trabajo European Friendship & Telecommunications, DV 25’, 2004; o en su defecto el guión del mismo en www.martaypublio.net.
(4) Estudio preliminar de Jenaro Talens a Obra poética completa de Samuel Beckett, editada y traducida por él mismo, Madrid, Poesía Hiperión, 2000, pág. 13. What is the word, último poema que escribió condensa todo este esfuerzo.