Donde el suelo hace de techo.
– Julián Cruz
A ambos lados del anillo, se extiende la ciudad de Madrid. A diferencia del añil de la costa, del blanco de España, la ciudad tiene un color plata. Pero él la conoce solo cuando el cielo nocturno la envuelve en un naranja sucio. Por entonces, el anillo de luz que la divide le recordaba a ciertos sueños donde oía los cortes secos de un platillo. Pero él había girado por ese círculo innumerables veces, asaltado por la idea de que iba subiendo por las teclas de un piano curvo, sobre el que los dedos se mueven como los pies ascienden por escaleras negras y blancas. Los sueños recurrentes de ese anillo los nombraba con letras y números y le bastaba que fuera así para volver a recordarlos. Junto a ellos, había también una imagen cíclica, la de una motocicleta roja cuya carrocería se asemejaba a la coraza de un cangrejo. El anillo de luz era de asfalto y José siempre se aproximaba a él, inclinado a gran velocidad, como si pudiera olerlo, creyendo así que algunas pinturas que había visto también estaban hechas de betún. Lo hacía porque le resultaba familiar esa espuma de plomo que era tan parecida a las cargas de aguarrás que antes había lanzado contra unos lienzos, cuando el óleo vibra y se diluye y forma nuevos ríos. El color que a él le envuelve no está tan cerca del naranja oscurecido como de violetas, metales y hollín. Conocía también los colores del suelo y el campo, y sabía que el gesto de su mano, al cruzar rápidamente el lienzo, sin separar ni un solo instante el pincel de su superficie, era idéntico a los que hizo con una hoz para arrancar el trigo. Con los años, José había descubierto que Madrid escondía un entramado de túneles que alcanzaban los cuatro mil kilómetros. Estaba perforada por grutas, cámaras y galerías donde el suelo podía hacer de techo y donde las geometrías perdían sus contornos. De ese mundo oscurecido, sabía las historias de los sefardíes que se habían escondido bajo tierra y que habían construido una ciudad, que otro poeta, invadido por el insomnio, había visto llena de cenizas y lirios apagados. La ciudad tiene la capacidad de digerirnos a todos; tanto por encima como por debajo del suelo. Los túneles arrojan poca luz, como hacen los pintores, que usan imágenes que no están fijadas y que quedan expuestas como fantasmas. José así me lo decía, o al menos eso era lo que creía importante cuando le veía descender al interior de la tierra, en medio de aquella penumbra llena de objetos rotos. Ocurre también algo inverso, y es que José, cada semana, ve desde las alturas cientos de cuerpos que se mueven entre luces intermitentes. El sonido que hay a su alrededor, áspero y maquinal, los une más y más entre ellos. Pero él los ve como manchas informes, que se barren y se cortan; y aprende con sus movimientos los brochazos que dará al día siguiente, cuando aún haya algo de luz. Cuando llega al estudio, ve los efectos del aguarrás del día anterior, que ha licuado las formas de ayer, y que mañana serán como tramos secos de leche. Otras imágenes de esos lienzos se parecían a colchas de mármol, como si entre las horas previas alguien hubiera dormido en ellas y hubiera sudado mucho. De las escobas había aprendido que las cerdas, si estaban muy duras, no llegaban a recoger bien la suciedad y que, por el contrario, se formaban hileras de polvo. A partir de las anotaciones rápidas en papel, se había acostumbrado a pintar guiado por instrucciones que desconocía, como si fueran respuestas mecánicas. Al cabo de un tiempo, esas palabras habían perdido su claridad y solo podían ser percibidas como si fueran parte de un idioma extranjero. Por otro lado, los ritmos de 120 y 150 bpm que inundaban su estudio le habían educado la mano para poder permitirse lanzar pintura de forma secuenciada. Sobre aquellas alturas, desde las que proyectaba cientos de imágenes, podía comprender que miraba hacia abajo como si observara los reflejos del agua. Pero el paisaje acuático también contiene el color del cielo, solo que este tenía el color de un canal de vídeo. A veces, si quería distraerse, José miraba una fotografía que tenía allí escondida, una panorámica de Colonia después de ser devastada por la guerra. Era para él especial porque en ella podía verse la indiferencia de los escombros y la distribución de los grises de un lado a otro, con zonas más iluminadas y otras más opacas. Pero, de entre todo ello, emergía la catedral negra, intacta, alzándose hacia las nubes. José pensó, en muchas ocasiones, si los bombarderos habrían calibrado sus ataques intuyendo una composición abstracta. Pintaba pensando en los pináculos negros de esa catedral, pero no podía imaginárselos rectos ni lisos, sino como retorcidos. De ese modo aparecían las formas en sus cuadros, ensortijadas, al igual que los riñones, que se encojen y se doblan cuando uno pinta demasiadas horas de pie. Pero también quería traducir la curvatura de su espalda y las horas que había pasado tensando la tela como si fuera su propia piel. Pintar, pensaba, era lo más parecido a un ballet militar. La tensión que ejerce practicarlo se corresponde con la forma en que esa violencia es controlada en el cuadro. Sin embargo, el hecho de que su pintura tuviera este carácter marcial no era tan distinto del cálculo reposado de las ninfeas del jardín de Giverny. No hace mucho le vi forjando una espada, algo que no es común en nuestros días, y menos entre los pintores. La había ideado como si fuera una excrecencia de la lava, con aristas blandas y esponjosas. Una vez que se endureció, perfiló la hoja como si estuviera escribiendo sobre ella, aunque resultó una forma atormentada, más parecida a un balbuceo de terror que a una frase amistosa. ¿Era esa espada su firma u otro pincel más? Quién sabe. La había colocado frente a un espejo, al igual que sus cuadros. En un intento de averiguar por qué lo había hecho, José se limitó a decirme que sus pinturas tratan de la forma en que están pintadas, con la inquietud de que ese estilo, si acaso próximo a los actos cotidianos, es parecido al proceso de la memoria, donde los recuerdos ofrecen una imagen coherente del pasado que no es racional, aunque persistente. Después de todo, José no tenía un jardín ni un estanque, pero siempre reflejaba su sombra sobre aquella superficie acuosa que tenía el color del cielo nocturno. Una superficie donde el suelo hacía de techo y los nenúfares olían a disolvente.