Un viaje eterno parte de una investigación sobre la evolución del perro y la manipulación artificial de las razas caninas a manos del ser humano, que pone en relación con la manipulación genética en la biotecnología.
El principal objetivo es investigar sobre ecología y temporalidad desde la referencia de la manipulación genética animal y la obsolescencia de materiales y recursos, haciendo hincapié en los conceptos de reciclaje y reutilización a través del uso de materiales orgánicos y/o desechados, como los silenciadores de motocicleta, el vidrio soplado y el pelo canino.
La propuesta está influida por autores como J.G. Ballard, a través de un relato titulado “Las voces del tiempo”, donde unos animales son irradiados con rayos X para que el “par silencioso” despierte y ocasione profundos cambios en la morfología de sus portadores. Por otra parte, también remite a Donna Haraway y su visión sobre criaturas que son simultáneamente animal y máquina, que viven en mundos ambiguamente naturales y artificiales, con especial hincapié en su Manifiesto de las especies de compañía.
Partiendo de las conexiones que establece entre la realidad y la ficción, Un viaje eterno invita a viajar de lo micro a lo macro, de lo particular a lo universal, de lo individual a lo colectivo, de lo autobiográfico a lo imaginario, de tal manera que el espectador se encuentra entre dos mitos: origen y futuro.
En la instalación se escuchan sonidos eternos, una vibración que se proyecta en el espacio hasta la eternidad; igual que los seres, aunque el sonido de su corazón se apague, pues su influencia en el cosmos también es eterna, conectados siempre tanto a los que les preceden como a los que les seguirán. Un latido cíclico que hace temblar la tierra, que hace girar el planeta en su eje y alrededor del Sol, incidiendo en el universo de manera infinita.