En su obra Retrotopía (Barcelona, Paidós, 2017), el filósofo Zygmunt Bauman entendía el término homónimo como una negación de la negación de la utopía, señalando que proyectamos las utopías en el pasado preindustrial en lugar de hacerlo en el futuro; nostalgia por tiempos pasados conceptualizados más positivamente de lo que realmente fueron. El interés y la preocupación por esta situación actual es el paisaje de fondo que acompaña a Oier Iruretagoiena en la realización de este proyecto. El resultado del proceso son una serie de trabajos articulados a partir del corte y cosido de pinturas abandonadas y recuperadas.
Paisaje sin mundo (mural) consiste en la rearticulación y ensamblaje de pinturas que durante algún tiempo decoraron viviendas particulares y que después fueron desechadas. Los motivos que muestran esas pinturas —encontradas en diferentes ciudades a lo largo de varios meses— son paisajes rurales o naturalezas domesticadas para el cultivo. Además de la atracción hacia la materialidad de la pintura y del hecho de que sean obras únicas y no reproducibles, la elección de este material de trabajo ha estado marcada simultáneamente por el propio interés del artista en lo rural y por la dirección que las propias pinturas han ido marcando.
El pintor y el campesino probablemente veían cosas diferentes ante la misma panorámica. Donde el pintor veía un paisaje calmado y silencioso, la mirada del campesino se centraba en múltiples rastros y presagios, pues su relación con el entorno, demasiado cercana, le obligaba a actuar, a mirar, de otra manera. Es necesaria pues una distancia para componer una oda al campo, para recrearlo como lugar exótico, bucólico o idílico.